Identidad latinoamericana

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Identidad latinoamericana* 

 

Por Dante Ramaglia

 

1312947500079-DANTE.pngDoctor en Filosofía. Docente de grado y posgrado en la Universidad Nacional de Cuyo. Investigador de CONICET, desarrolla sus tareas en la Unidad de Filosofía Práctica e Historia de las Ideas, INCIHUSA, CCT Mendoza, Argentina.

E.mai:ramaglia@lab.cricyt.edu.ar

 

 

La cuestión de la identidad representa un tema que ha sido recurrentemente tratado en América Latina. Por una parte, resulta susceptible de ser abordado desde un conjunto de saberes, frecuentemente es parte de indagaciones que provienen de la psicología, la antropología, la filosofía, la literatura, la historia y las ciencias humanas y sociales en general. Indudablemente constituye un objeto donde se cruzan distintas disciplinas, en la medida que es de hecho un problema complejo sobre el cual se han ensayado distintas perspectivas teóricas. Por otra parte, tiene una vinculación con las dimensiones de la existencia individual y colectiva, lo que proporciona un énfasis diferente a cada enfoque, aun cuando en la práctica no dejan de estar interrelacionadas estas dos dimensiones. En relación a este último caso, el de las identidades colectivas, se presenta en particular el tratamiento de la identidad latinoamericana teniendo en cuenta la formación de nuestras sociedades y las transformaciones políticas ocurridas, como contexto de un debate que expresa un conflicto de interpretaciones acerca de su sentido.

No obstante, habría que señalar que la identidad no es un asunto que sea un objeto preferente y exclusivo del pensamiento latinoamericano, la cual en más de una ocasión es ubicada como el eje central de la reflexión y motivo de búsqueda constante. Entre los factores que han incidido para que se haya convertido en un tema largamente debatido se encuentra como clave la experiencia histórica que sigue la configuración histórica de las sociedades y culturas de América Latina. Esto es patente ya desde el mismo momento de la conquista y colonización, cuyas consecuencias en el continente americano, con el etnocidio de las poblaciones indígenas, la imposición que significó en los modos de organización política y la destrucción de conocimientos, prácticas y tradiciones, no ha tenido equivalentes en otros casos por su profundidad y amplitud a nivel continental. La sucesión de los fenómenos históricos asociados a la dependencia condicionaron estructuralmente el desarrollo de América Latina, al interior de sus países y en sus relaciones geopolíticas con otras regiones y centros de poder mundial. En la actualidad gravita igualmente el proceso de globalización que ha generado una reestructuración de las naciones con la conformación de bloques económicos y nuevas modalidades de contacto e intercambios culturales y migratorios, cuyas repercusiones no dejan de ser aceleradas y contradictorias. En este marco, la recomposición de las identidades nacionales y supranacionales es un acontecimiento relevante que se viene desarrollando en el mundo contemporáneo.

La perspectiva que interesa destacar en el enfoque que se propone para considerar la cuestión de la identidad latinoamericana se refiere a su dimensión cultural que, si bien no se puede desligar de la dimensión material, contiene una cierta especificidad. A partir de la distinción de las cualidades que poseen las identidades culturales, es posible comprender las dinámicas que las atraviesan en distintas etapas signadas por crisis y cambios profundos. Asimismo requiere una atención especial la transposición al terreno jurídico de los procesos recientes de integración regional, las declaraciones normativas que se refieren a la identidad y a la diversidad cultural, los reclamos sociales que han originado una ampliación de los derechos humanos y, en esto último, el establecimiento del “Derecho a la identidad”, surgido de la propuesta de la organización de familiares de desaparecidos en Argentina: Abuelas de Plaza de Mayo, que se ha incorporado como cláusula en la Convención Internacional de Derechos del Niño.

Dinámicas de constitución de las identidades culturales

Las identidades poseen un carácter relacional. Si su significado remite a la relación de coincidencia de un ser consigo mismo, al mismo tiempo implica las relaciones con otros sujetos que son indisociables de la constitución de la identidad, ya sea que se atribuyan relaciones de similaridad o diferencia. Desde un punto de vista filosófico ha implicado en la tradición occidental la referencia a las problemáticas de la unidad y la multiplicidad, de la permanencia y el cambio, que se han reflejado en consideraciones ontológicas y sobre la historicidad como característica inherente al ser humano.

Otro aspecto remarcable se refiere a la vinculación ineludible que tiene la identidad con la cultura, en cuanto ésta se comprende como la trama de significaciones y el conjunto de representaciones simbólicas que tienen su expresión en los imaginarios sociales y en otras formas de recrear y dar sentido a la experiencia histórica de una comunidad humana. Según lo define Jorge Vergara Estévez, la identidad cultural es: “(el) conjunto de las principales características compartidas o atribuidas a los miembros de un grupo, clase social, etnia y región continental que los distingue y diferencia de otros colectivos” (Vergara Estévez, J., 2008: 285). Dentro de la complejidad con que se alude a este concepto, se distingue entre la identidad “para sí” o “autoidentidad” y la que es asignada por otros o “alteridentidad”, las cuales pueden presentar disidencias en el caso de grupos, etnias o naciones que son objeto de discriminación o subordinación. Otro elemento destacado es la pluralidad que evidencian las identidades que constituyen a los sujetos y grupos: de pertenencia a clases o sectores sociales, de género, étnicas, religiosas, lingüísticas, etc. Esta diversidad de identidades se presenta de forma confluyente y coexisten a veces de modo tensional y conflictivo, lo cual es frecuente cuando una de ellas se asume con un carácter fundante y en la medida que se ligan a ciertas condiciones históricas y sociales.

Cuando hablamos, entonces, de la identidad de América Latina debe tenerse en cuenta la diversidad cultural que contiene este marco de referencia más amplio. La misma se delimita en relación a una serie de características comunes y a una historia compartida, que no tienen que ocultar las diferencias existentes al interior, entre las naciones que la componen y entre los distintos grupos sociales y rasgos culturales que forman parte del conjunto de esta extensa región continental. Si bien habría coincidencias significativas en cuanto al idioma, por ejemplo, en que predominan el español y el portugués, esto no debe llevar a desconocer la multiplicidad de lenguas que existen, en particular las numerosas formas lingüísticas de los pueblos originarios, el inglés, el francés y sus variaciones dialectales en la región del Caribe, entre otras.

Es claro, además, que la configuración cambiante de una identidad propia se ha definido en relación a un otro, que se juega en relación a los sucesivos proyectos de integración que vienen proponiéndose desde la independencia hasta el presente. En general, las identidades culturales se conforman en función de diferencias ante lo que se presenta como alteridad, e incluso adquieren en períodos de crisis o de confrontación política un marcado sesgo de oposición, en que el “nosotros” se delimita frente a los “otros”. En este sentido, las identidades de las naciones que forman América Latina se constituyen a partir de rasgos distintivos que han sido reafirmados a lo largo de un proceso histórico en que se van a manifestar las características comunes y las particularidades de cada una. Si bien esto último representa un aspecto que corresponde a diferencias culturales existentes entre sus países, son menos nítidas cuando se consideran regiones fronterizas y de mayor intercambio migratorio y cultural. También resultan exacerbadas las divisiones en momentos agudos de tensión y a través de ideologías nacionalistas cerradas que han recrudecido durante las dictaduras militares y gobiernos de derecha. Precisamente los riesgos que conlleva el encubrimiento de la diversidad y de los conflictos que se dan al interior de una sociedad nacional, y también en el marco de lo supranacional, hacen necesario discernir adecuadamente las modalidades que adopta la enunciación de una determinada identidad.

Tal como se menciona en distintos estudios, puede trazarse una demarcación crítica entre las identidades que se basan en una formulación esencialista o sustancialista, de las que se elaboran desde una perspectiva constructiva e histórica. Las primeras asumen que hay uno o varios rasgos identitarios que constituyen un núcleo de sentido al que se le atribuye una naturaleza fundacional, generalmente asociado a ciertas pautas valorativas tradicionales que dan origen a un modo de ser nacional. Existen diferentes versiones de esta orientación esencialista que se ha difundido en el ámbito intelectual y en las mentalidades colectivas más espontáneas, ya sea que recaigan en la exaltación de las cualidades raciales, caracteres psicológico-sociales, la pureza idiomática, el factor religioso o la cristalización de un determinado período cultural y la sobrevaloración de ciertas expresiones intelectuales y artísticas. El problema básico es la fijación que se termina otorgando a la identidad, que se considera frecuentemente procedente del pasado e inmodificable en el curso de la temporalidad.

En el caso de la segunda orientación, que se refiere a la construcción de la identidad dentro de una comprensión histórica, representa un enfoque teórico actual que se ajusta a la dinámica más compleja que tienen las formas de identificación culturales. El cuestionamiento acerca de ¿quiénes somos? o ¿en qué consiste nuestro ser?, se desplaza hacia los sujetos que son excluidos o incluidos en las diferentes respuestas que se dan a esta pregunta. La mediación discursiva constituye una herramienta metodológica para acceder a los modos en que se alude o elude a ciertos actores sociales y políticos, o bien para delimitar los alcances del “nosotros” que es enunciado de acuerdo un acto de autoafirmación y a determinados referentes identificatorios (Cfr. Roig, A., 2001 y 2008). Asimismo, la problemática relativa al “descentramiento del sujeto”, que ha sido lanzada desde críticas que parten del mismo desarrollo que tiene esta cuestión central a partir de la modernidad, así como confluye actualmente la consideración del nivel discursivo en que se producen determinadas “posiciones de sujeto”, no necesariamente tienen que concluir en la disolución y fragmentación de toda identidad y subjetividad, como se ha postulado desde posiciones posmodernistas. Por el contrario, en el marco cambiante de la configuración de las sociedades contemporáneas, atravesadas por luchas entre distintos sectores y las tendencias que se dan en el espacio geopolítico mundial según las lógicas del capitalismo global, se establecen orientaciones de sentido en las distintas dimensiones en que se juegan las identificaciones. Para analizar el caso de los procesos de integración de América Latina, resulta clave comprender las formas en que se ha presentado la afirmación una identidad propia como proyecto político, al articular distintas manifestaciones en su historia que pueden revisarse en sus alcances y, especialmente, nos permite evaluar que su significación no se agota en la revaloración del pasado sino que adquiere un sentido crítico y constructivo en cuanto se lo comprende como un programa a realizar.

Otro aspecto relevante en la constitución de las identidades se relaciona con la participación de distintos actores en su construcción. Tal como lo ha señalado Jorge Larraín Ibáñez: “(…) la identidad nacional existe en dos polos diferentes de la realidad sociocultural. Por una parte, existe en la esfera pública como un discurso articulado altamente selectivo, construido desde arriba por una variedad de instituciones y agentes culturales. Por otra parte, existe en la base social como una forma de subjetividad individual y de diversos grupos, que expresa sentimientos muy variados, a veces no bien representados en las versiones públicas” (Larraín Ibáñez, J., 1996: 208). Para las primeras, referidas a la dimensión pública, se menciona su carácter selectivo y excluyente que generalmente es realizada por los grupos hegemónicos a través de un conjunto de instituciones culturales, medios de comunicación y aparatos del estado. En este sentido, se trata de una construcción de la identidad “desde arriba” que puede llegar a ocultar las contradicciones sociales y la pluralidad de prácticas y modos de vida existentes en toda comunidad. En el caso de las segundas, correspondientes a la dimensión privada, tienen un carácter más concreto, implícito y de sentido común. Su ámbito de creación, reproducción y circulación es el de la cultura local y la vida cotidiana, en que los procesos de identificación remiten a una diversidad que no siempre es reconocida desde las versiones públicas y puede traducirse en formas de resistencia que asumen los grupos discriminados u oprimidos. Asimismo aclara el autor citado que entre estas dos dimensiones hay una interrelación, en que las versiones públicas de la identidad se construyen sobre la base de la selección y valoración efectuada sobre los modos de vida de los grupos que conforman una comunidad y, a su vez, terminan incidiendo en las representaciones que son incorporadas y recreadas en las mismas prácticas culturales cotidianas.

Podría agregarse que una mediación entre las esferas pública y privada es ejercida por formas de organización de la sociedad civil, en especial por los movimientos sociales que expresan sus demandas particulares en el espacio público. La articulación de reclamos relacionados con las llamadas “políticas de la identidad” se puede contextualizar principalmente en América Latina con las formas de resistencia que vienen realizando los pueblos originarios. Igualmente sería extensible a otros sectores sociales que padecen formas de injusticia e invisibilización, por lo que llevan a una afirmación de las propias identidades a partir de una lucha por el reconocimiento. En buena medida, la concreción de determinados derechos humanos resulta de estos procesos de ampliación del reconocimiento jurídico que se promueven en las sociedades contemporáneas, donde se verifica una relevancia creciente de los referidos al ámbito cultural.

Identidad e integración: la cuestión de la justicia y los derechos humanos

En el contexto de las tendencias globales que se dan en el mundo actual se produce un debilitamiento de las identidades nacionales ante el creciente poder de decisión que concentran las corporaciones transnacionales y la difusión de pautas culturales que responden a las sociedades de consumo vienen a reforzar formas de homogeneización y masificación de los estilos de vida y modelos valorativos. No obstante, el impacto que tienen los medios de comunicación y las tecnologías vinculadas a la información no deja de revelar lógicas divergentes. Al mismo tiempo que esta revolución tecnológica provoca un mayor acercamiento y contacto entre las distintas expresiones culturales que componen el mundo plural de la humanidad, avanza en la dirección del establecimiento de un orden regido por el mercado mundial que diluye esa pluralidad, o bien la subsume desde la perspectiva de una racionalidad instrumental y la hegemonía de un pensamiento único y uniforme.En este escenario es también notoria la redefinición de las identidades personales y de grupos que reciben su validación en el marco de referencia más amplio de una identidad colectiva. En consecuencia, la aparición de nuevos actores y movimientos sociales ponen de manifiesto la necesidad de contemplar dentro de la construcción de una identidad más abarcadora, como sería el caso de la referida a América Latina, la integración de esas diferencias culturales sin asimilarlas a una definición fija y homogénea.

Ernst Tugendhat (1992) trata el problema de la identidad personal y sus relaciones con lo nacional, revisando esto último en su devaluación frente a lo universal que viene a identificarse con la humanidad. En su planteo analiza el cambio sobrevenido con el individualismo moderno, que va a dar lugar a una ética del respeto universal e igualitario en que se basan los derechos humanos. La aspiración a una moral universalista entiende que puede tener un correlato igualmente según la identificación con la propia nación, que representa una comunidad social y jurídico-política en que la responsabilidad se hace efectiva. De este modo resulta impugnada una forma excluyente del nacionalismo, la cual se contrapone a una identificación nacional abierta que es asimismo positiva con respecto al conjunto de la humanidad y al cosmopolitismo. Pero, además, una ética basada en la responsabilidad se propone como superación del egoísmo y la indiferencia frente a las desigualdades sociales y económicas, en que no existen las condiciones mínimas para la construcción de la identidad de quienes padecen la pobreza absoluta y la exclusión.

En consecuencia, resulta evidente que la afirmación de una identidad nacional y supranacional no está desvinculada de la cuestión de los derechos humanos y la justicia social. El carácter igualitario que orienta al marco jurídico está directamente vinculado a las desigualdades existentes que debe tenderse a reparar, especialmente en el caso de la región de América Latina que presenta índices altamente negativos en este sentido. Sin duda que la resolución de las enormes desigualdades que afectan a nuestras sociedades es necesaria para el desarrollo de las personas y de las culturas, que no pueden expandirse  adecuadamente sin un sustento material. Si esto último es considerado teóricamente como un problema que tiene que ver con la justicia, se puede distinguir entre las situaciones de injusticia que tienen que ver con la desigual distribución de la riqueza, esto es la dimensión socioeconómica, de las que se relacionan con la falta de reconocimiento de la diversidad, que se vincula a una dimensión sociocultural. Esta distinción queda relativizada cuando se trata de mostrar en un plano práctico como se dan interrelacionadas, en donde la discriminación o menosprecio de ciertos grupos sociales por razones culturales resulta también objeto de un perjuicio en lo económico.

La reorientación que ha tenido recientemente la integración entre los países latinoamericanos revela la posibilidad de combinar una serie de políticas que refuerzan lazos de solidaridad y cooperación, al mismo tiempo que vienen a dar respuesta a las demandas de inclusión social. Aparte del impulso que reciben las democracias con mayor participación popular y la vigencia del estado de derecho en situaciones críticas, ha cobrado relevancia la dimensión cultural de la integración en un marco jurídico supranacional.

Entre los antecedentes a nivel internacional cabe mencionar la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural de la UNESCO, originada en México en el año 2001. La misma implica una extensión del derecho al desarrollo de las identidades a partir del respeto a la diversidad de las culturas, la tolerancia y el diálogo intercultural. Para esto se tiende a promover políticas que favorezcan el intercambio y la convivencia en cuanto al reconocimiento del pluralismo cultural. Asumido como un imperativo ético que se fundamenta en la dignidad humana, se postula que los derechos culturales son parte integrante de los derechos humanos.

En la creación de la Comunidad Sudamericana de Naciones, que abarca a la totalidad de los países del Cono Sur, cobra fuerza un nuevo modelo de integración regional que concede un valor especial a los principios que orientan una identidad común. Tal como se lo definía en su texto fundacional, la Declaración del Cusco dada a conocer el 8 de diciembre de 2004, esta comunidad a construir tiene entre sus fundamentos y objetivos a los siguientes: “El pensamiento filosófico y político nacido de su tradición, que reconociendo la preeminencia del ser humano, de su dignidad y derechos, la pluralidad de pueblos y culturas, ha consolidado una identidad sudamericana compartida y valores comunes, tales como: la democracia, la solidaridad, los derechos humanos, la libertad, la justicia social, el respeto a la integridad territorial, a la diversidad, la no discriminación y la afirmación de su autonomía, la igualdad soberana de los Estados y la solución pacífica de controversias”. Los valores en que se sustenta esa identidad compartida pueden ser comprendidos igualmente como ideales a realizar, conforman un horizonte utópico que da una dirección a las políticas implementadas en la actualidad.

Otro ejemplo remarcable con respecto a la consolidación de un reconocimiento jurídico de iniciativas surgidas de la sociedad civil es el que se conoce como “Derecho a la identidad”. El mismo fue incluido en el artículo 8º de la Convención Internacional de los Derechos del Niño en el año 1997, teniendo en cuenta la acción realizada por las “Abuelas de Plaza de Mayo” en defensa de los derechos humanos en la Argentina. En su reclamo de justicia esta asociación había sostenido la restitución de la identidad de hijos secuestrados a padres en cautiverio durante la última dictadura militar, convirtiéndolo en un precedente del derecho internacional que luego se amplía a otros casos de privación ilegítima de identidad en la infancia, ya sea del nombre, nacionalidad o relaciones familiares. La labor de las Abuelas de Plaza de Mayo comienza a partir del año 1977, en el momento de aparición de movimientos de base en la región que luego se refuerza con la formación de organismos en defensa de los derechos humanos, alcanzando una magnitud y visibilidad notables a nivel mundial por lo cual se las viene postulando al Premio Nobel de la Paz. Esta distinción sería totalmente merecida en función de una actividad sostenida a favor de los derechos humanos, que se traduce en la recuperación de la identidad de más de cien hijos de desaparecidos, con una actitud de convicción, espíritu de tolerancia y demanda ética a la reparación por medio de la justicia que resultan ejemplares.

En todos los casos mencionados puede observarse que la identidad se presenta constituida como en círculos concéntricos que se interrelacionan. El logro de una identidad personal se vincula a contextos de mayor amplitud en que se producen los mecanismos de identificación con un mundo simbólico y cultural, así como representan el marco jurídico que contiene las formas de regulación y principios éticos que orientan las relaciones entre los miembros de una comunidad. El aspecto subjetivo que poseen las formas de identificación, ya sea que se lo considere desde el punto de vista individual o de grupos sociales, está vinculado a los modos de objetivación que son construidos históricamente y a la vez condicionan la experiencia de los mismos sujetos.

La identidad latinoamericana, entendida como una identidad colectiva ligada a fenómenos de carácter nacional y a relaciones geopolíticas mundiales, resulta de un proceso de constitución que ha estado marcado por diferentes inflexiones y una rearticulación del “nosotros” que comprende su enunciación, tal como lo registran incluso las distintas denominaciones que ha recibido la región. Pero es igualmente este carácter histórico el que permite vislumbrar su apertura al futuro, que puede comprenderse como un proyecto permanente de construcción y actualización de una identidad que se realiza desde el presente. La identidad es así el resultado del ejercicio de memoria histórica y de la potenciación de imaginarios sociales, que van a evidenciar la constitución y emergencia de los sujetos plurales que integran América Latina. De esta constatación se desprende que el reconocimiento de la diversidad es el complemento de la aspiración a la integración en una unidad que la contiene, como consecuencia del mismo criterio normativo de la dignidad de todo ser humano. En este sentido, la concreción de una identidad de América Latina se presenta hoy como la voluntad de asegurar un marco supranacional de convivencia pacífica y solidaria, que contribuya a la profundización de las democracias con un mayor sentido participativo, en que tengan una vigencia y realización plenas las normas e ideales que consagran los derechos humanos.

 


Bibliografía

 

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Zea, Leopoldo, 1990, Descubrimiento e identidad latinoamericana, México, UNAM.


*  Artículo preparado para la Enciclopedia Latinoamericana de Derechos Humanos, Sâo Leopoldo (Brasil), Editorial Nova Armonia, 2011.

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