Las niñas y los niños jornaleros migrantes en México: condiciones de vida y trabajo

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Las niñas y los niños jornaleros migrantes en México: condiciones de vida y trabajo[1]

 

Por Teresa Rojas Rangel

 

Profesora-investigadora de Universidad Pedagógica Nacional, México.

E-mail: tererojas10@yahoo.com

 

Contexto nacional: mercado de trabajo agrícola y migración en interna

Uno de los sectores productivos más importantes de México ha sido históricamente la agricultura. La cual representa no solo una fuente de ingresos económicos, generados a través de la comercialización de los productos agrícolas en el mercado nacional y de exportación. Además, ha sido una fuente fundamental de productos alimentarios de autoconsumo de los sectores campesinos e indígenas en el país.

     En las dos últimas décadas, como producto de los reajustes de los modelos económicos y la inscripción del país en el modelo económico global, se han generado profundas transformaciones sociales y económicas. En lo que respecta al sector agrícola, uno de los impactos negativos, es la polarización de las condiciones y de las oportunidades para participar competitivamente y de obtener beneficios equitativos, dentro de la ya existente estructura dual del campo mexicano. Agudizándose con ello aún más la crisis que ha caracterizado a la agricultura en el país.[2] Se fortalece la agricultura comercial y de exportación con una fuerte tendencia hacia la reestructuración productiva, que cuenta con grandes inversiones financieras; medios de producción altamente tecnificados e incorporación de nuevos procesos productivos; la especialización y la diversificación de productos agrícolas; la flexibilidad en la organización de la fuerza de trabajo, así como el control de las redes de comercialización tanto del mercado nacional como internacional.[3]Al mismo tiempo que se muestra un creciente deterioro y empobrecimiento de la agricultura sustentada en la tecnología tradicional orientada hacia el autoconsumo y la producción de alimentos básicos. [4]

     Esta polarización a afectado fundamentalmente al sector agrícola tradicional, por no contar con la suficiente capacidad productiva para competir con la producción agrícola comercial y de exportación. Lo que ha obligado a los pequeños propietarios campesinos y a los jornaleros sin tierra empobrecidos, a migrar en búsqueda de empleos.[5] Lo cual junto con la creciente necesidad de mano de obra barata de los grandes capitales agro exportadores, ha propiciado la intensificación de fuertes movimientos migratorios definitivos y estaciónales. Miles de campesinos e indígenas provenientes de los estados más pobres (Guerrero, Oaxaca, Veracruz y otros), se ven en la necesidad de migrar de manera temporal o definitiva de sus comunidades de origen, para desplazarse a los grandes centros agrícolas ubicados al noroeste del país (Sinaloa, Baja California, Baja California Sur, Sonora entre las entidades que registran mayo-es niveles de atracción), en busca de fuentes de trabajo y de mejores condiciones de vida.[6] Configurándose una red de rutas migratorias dentro del mercado de trabajo agrícola; una compleja trama de relaciones laborales y sociales; fuertes y variados patrones de asentamientos poblacionales (temporales o definitivos) en algunas entidades y zonas rurales;[7] así como la integración de un sector social y culturalmente heterogéneo, muy productivo en términos económicos, representado por los jornaleros agrícolas migrantes.

     Dadas los rasgos sociales, culturales y lingüísticos que los caracterizan, y las formas de incorporación y participación en el mercado de trabajo, los jornaleros agrícolas migrantes y sus familias es un sector de la población nacional que padece en alto grado las diferentes expresiones de la exclusión social. Dentro de los jornaleros migrantes, según diversos estudios se estima un contingente de un 40 por ciento de población indígena bilingües y monolingües;[8] un porcentaje significativo de aproximadamente un 50 por ciento no sabe leer y escribir; se encuentran insertos en mecanismos informales que determinan su oportunidad de inserción laboral y movilidad migratoria; Sus condiciones de trabajo son inestables (trabajan a destajo y de acuerdo a las necesidades de mano de obra de los ciclos agrícolas); realizan las actividades menos calificadas y perciben los salarios más bajos; se ven expuestos a los efectos de los agroquímicos; además de que carecen de protección social y laboral. En las zonas de atracción muchos de ellos viven hacinados en grandes galerones, en cuartos sin luz ni ventilación, sin agua potable, cocinan en fogones, y con mínimos servicios sanitarios.[9]

     Otro de los rasgos más característicos de los jornaleros migrantes, es la incorporación de las mujeres y los niños a los movimientos migratorios y al trabajo laboral, como una forma de incrementar los precarios ingresos familiares. Existen en México un mínimo de 405,712 familias en permanente movimiento entre las zonas de origen y las zonas receptoras. Estas familias están integradas por jóvenes con una edad promedio no mayor de 30 años; el 57 por ciento son hombres y el 43 por ciento son de mujeres, y el 40 por ciento de esta población son niños y niñas menores de 14 años.[10] Tanto en sus regiones de origen, como en las zonas de destino, las familias jornaleras migrantes sufren la marginación y la extrema pobreza. En la mayoría de las zonas de atracción además de la explotación laboral enfrentan la discriminación; la falta de derechos y de prestaciones laborales, y en general las consecuencias de la miseria y la carencia de servicios básicos de salud, alimentarios y educativos, lo que los ubica como uno de los sectores de la población nacional más vulnerable del país.[11]

Niñas y niños migrantes: origen y condiciones de vida[12]

Los hijos de las familias jornaleras migrantes se trasladan junto con sus familias y desde edades muy tempranas (cinco o seis años en promedio), dependiendo del tipo de cultivo, se incorpora a las actividades productivas laborales (desyerbo, recolección y selección de frutas y hortalizas, empaque, carga y acarreo), con las mismas condiciones y exigencias laborales que los adultos.[13] Particularmente en las zonas de atracción migratorias, las niñas y los niños jornaleros migrantes nacen y crecen entre la explotación laboral, la miseria, el hacinamiento y la carencia de los servicios básicos;[14] entre ambientes socioculturales diversos que les exigen permanentes esfuerzos de adaptación, pero que al mismo tiempo los hacen sujetos de discriminación, estigmatización y exclusión. La desnutrición, la insalubridad, el analfabetismo y la baja escolaridad son rasgos característicos de este grupo infantil.

     Las niñas y los niños jornaleros migrantes crecen, tanto en sus regiones de origen como en las regiones de destino, hostigados por la desnutrición, la insalubridad y el analfabetismo. En los grandes centros agroindustriales, adicional a la explotación laboral, los menores están expuestos a la falta de una alimentación balanceada, a la carencia de servicios médicos y a las pocas oportunidades educativas. Se enfrentan a distintas formas de discriminación, entre otras, a la expresada en la desvaloración de la lengua materna (incluso en los centros escolares), así como a la permanente necesidad de adaptarse culturalmente a sus lugares de asentamiento temporal o definitivos.

     Su permanente tránsito entre las zonas de expulsión y las zonas de atracción obliga a los niños y la niñas migrantes a vivir procesos de construcción y reconstrucción de sus referentes culturales e identitarios, lo que produce la ampliación de sus horizontes ambientales y sociales. “[...] los niños ya tienen absolutamente asumido que sus papás desde chiquitos salieron, ellos des-de niños salieron, y que esto es parte no sólo de su necesidad económica sino también ya es parte de su experiencia de vida” (entrevista con Kim Sánchez, 2000).

     Sea el caso de los niños y las niñas migrantes o de los ya establecidos, ellos tienen la necesidad de apropiarse y adquirir nuevos patrones culturales y sociales, con el consecuente enriquecimiento de su cultura y formas de vida originales (Rodríguez y Rojas, 1997). La movilidad no solamente les implica a los menores, la adaptación constante y cotidiana de sus marcos de referencia espacio-temporales, sino que además les exige una permanente resignificación del vínculo con su cultura y, por tanto, formas específicas de enfrentar sus experiencias escolares, signadas por graves dificultades para el acceso, permanencia y el logro escolar (Leal, 2003; Rodríguez,1997; Ramírez, 2001, 2002; Gonzáles, 2004; Rojas 2005; Franco, 2006).

     Por otro lado, la movilidad y el trabajo como condiciones de vida en las que se socializan, influyen de manera determinante en la conformación de una subjetividad con una gran capacidad para ubicarse y relacionarse con el mundo físico y social:

Condiciones de vida, que han generado en el niño jornalero migrante un conjunto de aprendizajes autónomos o aprendizajes informales por medio de la observación de los adultos y de su participación directa en actividades vinculadas al sustento básico familiar y comunitario. Y que lo identifican, que le permiten auto reconocerse, y que le dan sentido de pertenencia al niño como miembro de su grupo social. Donde el trabajo y la movilidad constituyen su cotidianidad, y es el centro de aprendizaje y de interacciones sociales y ambientales con los que conforma un capital cultural específico y una cosmovisión del mundo [Rojas, 2004, p. 11].

     La necesidad por adaptarse a las diferentes formas de vida de la migración y a las condiciones que enfrentan como resultado de sus traslados permanentes de un lugar a otro, así como la cotidiana exigencia de movimiento (agilidad, rapidez y destreza física) para cumplir con la faena o llenar un determinado número de baldes de jitomate como condición objetiva de supervivencia diaria, han influido en la conformación de una subjetividad que se manifiesta en un constante “hacer” como forma de relación inmediata y directa con el mundo que le rodea.

     Las experiencias de vida construidas a partir de la interacción constante y por encuentros signados por la diversidad cultural y lingüística son realidades siempre cambiantes, además el hecho de enfrentar cotidianamente el reto de resolver problemas a lo largo de sus viajes y en sus lugares de asentamiento, genera en estos niños grandes posibilidades de aprendizaje y de enriquecimiento de su identidad, posibilidades que difícilmente puede adquirir cualquier otro niño proveniente de comunidades estables.

Salud y nutrición de los niños y las niñas migrantes

Desde antes de nacer los niños y las niñas migrantes ya están expuestos a los impactos negativos de la pobreza extrema, expresada en la deficiente nutrición de la madre y en los riesgos a los que se exponen amontonados en los vehículos que los trasladan durante los largos recorridos, y por la permanente exposición y la inadecuada forma de aplicación que persiste en el uso de los plaguicidas de alta toxicidad que son utilizados en los cultivos agrícolas.

     En el Cuarto Informe de Gobierno (1 de septiembre de 2004) el gobierno federal señala que a través del Programa de Atención a Jornaleros Migrantes (PAJA), coordinado por la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL), se ejerció durante 2003 una inversión de 128.7 millones de pesos (25% menos de los recursos invertidos en 2002) en proyectos de promoción social en los ámbitos de alimentación, salud, educación, empleo y derechos humanos para la atención a la población migrante.[15]

     No obstante los reportes oficiales emitidos, y a pesar del impulso a los programas alimentarios y de salud dirigidos específicamente para los migrantes, como el llamado “Alas de la Salud” impulsado por la Secretaría de Salud (SSA), las niñas y los niños jornaleros presentan altos grados de desnutrición (Noroeste, 16 de octubre de 2004). En investigaciones recientes se muestran porcentajes de desnutrición estimados en 84.6% en el caso de los niños y niñas migrantes pendulares y golondrinos, y 76.9% para la población infantil asentada en los campos agrícolas, y que los mayores riesgos para la salud son ocasionados por la falta y el inadecuado consumo de alimentos.[16] Adicionalmente esta población enfrenta las consecuencias derivadas de la exposición cotidiana a los compuestos y plaguicidas sin ninguna medida de protección (La Jornada, 22 de junio de 2004). Factores, que ocasionan que las niñas y los niños jornaleros presenten altos índices de enfermedades, lo que los convierte en sujetos altamente vulnerados con muy pocas oportunidades para crecer, jugar y desarrollarse plenamente.

     En el trabajo Migración infantil. Explotación de la mano de obra y privación de los servicios educativos: El caso de los niños indígenas en zonas mestizas, la población más vulnerable, Georgane Weller (2001), describe:

Los recorridos de miles de kilómetros se hacen en condiciones sanitarias muy deficientes. La dieta proporcionada por los contratantes es insuficiente en su contenido nutritivo; además de que pasan noches enteras en posiciones incómodas, entre los asientos y en los pasillos de los camiones guajoloteros. Obviamente, mucho antes de partir, tienen que ayudar en los preparativos, aguantar el viaje y después el reacomodo en el lugar de destino, donde una vez más las condiciones varían entre campamentos de condiciones precarias a verdaderamente infrahumanas [Weller, 2001, p. 40].

     Particularmente en las zonas o regiones de atracción, la situación de los niños menores de cinco años es altamente riesgosa, ya que generalmente se quedan en los campamentos al cuidado de una hermana o hermano mayores, expuestos a diversas clases de accidentes, o son llevados por las madres trabajadoras a los campos agrícolas, donde permanecen a las orillas de los surcos o sobre las espaldas de las madres o de las hermanas mayores:[17] “La situación de los menores de cinco años, particularmente de los lactantes es crítica, ya que se ven expuestos a la tierra, a los plaguicidas, al sol y al viento. Por ejemplo, en el Valle de Mexicali resulta común observarlos en los campos de cultivo hortícola porque sus padres no tienen con quién dejarlos. Las parcelas de pronto se ven convertidas en verdaderas “guarderías a la intemperie” (Ramírez, 2002, p. 63).

     En un trabajo pionero sobre el estudio de la salud entre jornaleros indígenas, jornaleros mestizos y ejidatarios tabacaleros del norte de Nayarit (1994), se señala:

Los plaguicidas causan un daño mayor a los infantes que a los adultos por varias causas. Las madres expuestas a plaguicidas pueden tener problemas durante el embarazo ya que el feto puede sufrir malformaciones congénitas. El riesgo se incrementa en los bebés que se encuentran en la etapa de gateo y exploración oral del entorno porque incrementa las posibilidades de absorción dérmica o ingestión de sustancias tóxicas. La exposición a plaguicidas durante la infancia puede producir daños permanentes dado que se trata de una etapa de desarrollo físico acelerado, particularmente durante la pubertad y a adolescencia [Díaz y Salinas; 2001, p. 96; Díaz y Salinas, 2002].

     Otra de las características de las niñas y los niños migrantes es que frecuentemente son atacados por diversos tipos de enfermedades. Sus características fisiológicas los vuelven más vulnerables que los adultos. Factores como los cambios constantes del clima y los efectos negativos del medio ambiente; la falta de defensas nutricionales; la exposición permanente a riesgos en el trabajo; el acceso limitado al agua potable; la carencia de servicios básicos de salud –tanto en sus comunidades de origen como en las de atracción e intermedias–,[18] así como la falta de patrones culturales de los padres de familia para prevenir enfermedades, producen condiciones adversas y de alto riesgo que ocasionan que las niñas y los niños jornaleros presenten altos índices de enfermedades.

     Dentro de los padecimientos más frecuentes se encuentran la desnutrición, las enfermedades epidemiológicas, gastrointestinales, respiratorias y las producidas por la exposición a plaguicidas sin equipos especiales para evitar el contacto directo con las sustancias toxicas portando como única protección un paliacate que les cubre la boca. Según reportes de un estudio realizado en Sinaloa sobre el estado de salud de la población infantil jornalera:

[...] la esperanza de vida es de 50 años respecto a 70 que es la media nacional; 24.4% de los niños jornaleros muere más que el promedio nacional; las principales causas de muerte son malformación congénita, enfermedades respiratorias, infecciones gastrointestinales, entre otras; el estado de desnutrición de menores de cinco años provenientes de grupos étnicos es de 18% menos de la talla ideal; de 12 % a 15% de su capacidad intelectual son más propensos a perderla; de 8% de enfermedades que padecen, 40% son crónico-degenerativas; la anemia es una constante en los niños jornaleros [Reyes de la Cruz, 2002, p. 11].

     En la investigación de Patricia Díaz Romo y Samuel Salinas Álvarez, los autores señalan que “predominan los dolores de cabeza, los problemas con vías respiratorios, garganta o debilidad o cansancio, e irritación de los ojos, padecimientos todos potencialmente relacionados con la exposición a plaguicidas organofosforados y carbámicos. La parasitosis, una enfermedad de la pobreza, ocupa un lugar importante. Se agruparon padecimientos que van desde la tiña pedís hasta diversas infecciones (Días y Salinas, 2002, p. 103).

Origen étnico y perfil lingüístico de las niñas y los niños migrantes

Debido a sus orígenes regionales, familiares y culturales, esta población infantil se caracteriza por una alta diversidad étnica y lingüística. Según el seguimiento realizado a 2 796 niñas y niños inscritos en el Programa Educación Primaria para Niñas y Niños Migrantes (SEP) durante el ciclo escolar 2003-2004,[19] se registra un número total de 1 005 niñas y niños que se reconocen como pertenecientes a diversos grupos étnicos (35.9 por ciento), reportándose asímismo 64.1 por ciento de no indígenas.[20] Éstos provienen, al igual que los padres de familia, fundamentalmente de los estados de Guerrero (29.4 por ciento), Oaxaca (21.1 por ciento) y Veracruz (14.6 por ciento), y el porcentaje restante, de diferentes entidades federativas. Destacan del total de niñas y niños indígenas, con 18.4 por ciento los pertenecientes al grupo mixteco, con 9.8 por ciento los zapotecas, y los pertenecientes al grupo indígena náhuatl con 3.4 por ciento. Los demás grupos tienen una participación menor a 1.5 por ciento.

     Adicionalmente, resalta la presencia de niños y niñas mazatecos, mixes, popocas, tlapanecos, totonacas y triquis. En los estados donde no fue posible aplicar este instrumento, se identifica la presencia de purépechas en Baja California Sur y de huicholes y coras en el Estado de Nayarit. Por el número de hablantes, dentro de las lenguas indígenas mayoritarias sobresalen los niños y las niñas hablantes de mixteco con 23.1 por ciento, los náhuatl con 13.3 por ciento, y los hablantes de zapoteco con 10.1 por ciento; las demás lenguas no cuentan con hablantes con una proporción mayor de 2.2 por ciento. Además de estos pueblos que tienen mayor presencia, se identifican hablantes de amuzgo, mazateco, tarasco, popoca, popoluca, tarasco, tlapaneco, totonaco y trique, solamente en las 11 entidades federativas donde fue posible aplicar el instrumento. [21]

     Debido a las necesidades de intercambio y comunicación en las zonas de atracción, los niños y las niñas utilizan el español con mayor frecuencia, a pesar de las dificultades que presentan para comunicarse en ese idioma. En los ambientes familiares y de esparcimiento público hacen uso de la lengua materna. En estas zonas y durante los grandes desplazamientos que realizan, los niños aprenden a convivir con diversos estilos culturales y lingüísticos, ampliando permanentemente sus referentes culturales y desarrollándose en ellos actitudes más abiertas y con menos resistencias hacia la interculturalidad. “En las zonas de atracción se generan espacios de intercomunicación entre los niños, que son mucho más intensos, abiertos y desprejuiciados. Esto es un rasgo aleccionador que genera optimismo sobre el desarrollo de estas nuevas gene-raciones acostumbradas al movimiento, acostumbradas a la transitoriedad de sus experiencias” (Sánchez, 1998, 10).

 

La participación de las niñas y los niños en el trabajo infantil

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) informa que alrededor de 211 millones de infantes trabajan en el mundo, de los cuales 186 millones lo hacen en las peores condiciones, y 73 millones tienen menos de 10 años de edad (Proceso, 30 de abril de 2004). El representante de la UNICEF en México, Daniel Camazún, reveló que en el año 2002, había alrededor de 3.5 millones de niños de seis a 14 años trabajando en el país en condiciones de explotación, en alto riesgo y sin ninguna protección social (Proceso, 19 de junio de 2004; El Universal, 25 de octubre del 2004).

     Sin embargo, a pesar de lo contundente de estas cifras, es muy difícil ofrecer datos precisos sobre la participación de la población infantil menor de 14 años en el trabajo asalariado. César Manzanos señala que una de las formas de invisibilización, en relación con la explotación y la violencia infantil, es precisamente la falta de datos estadísticos o la estimación infradimensionada del volumen, así como la producción tendenciosa sobre las causas de la problemática. Estas formas de invisibilización, a decir del autor “contribuyen a desarrollar políticas de infancia y proclamas legislativas meramente simbólicas, e incluso que se convierten en parte de esas estrategias de encubrimiento, lo cual en cierta medida explica no sólo que sean ineficaces para frenar el incremento exponencial de la violencia y la explotación de la infancia, sino que sean parte del entramado de reproducción de las mismas”.[22]

     Con la población jornalera migrante esta situación se agrava, debido a que no se cuenta con información censal confiable y actualizada en torno a las características demográficas de este sector de la población. No sabemos con exactitud cuántos son, dónde están, y dadas las formas de encubrimiento y explotación propias del mercado de trabajo infantil agrícola, menos aun podemos identificar con precisión la población infantil incorporada al trabajo asalariado. Se calcula que en México existen 900 000 menores jornaleros en edad de seis a 17 años, que trabajan en el sector agrícola de exportación, los cuales representan 27% de la fuerza de trabajo que se emplea en la producción agrícola del país (Cos-Montiel, 2001, p. 19; Milenio Público, 23 de mayo de 2004).

     De acuerdo con información proporcionada por la SEDESOL, se estima que de los 1.2 millones de jornaleros migrantes en el país, el índice promedio de trabajo infantil es de 24.3 por ciento.[23] Sin embargo, este índice varía regionalmente, y de manera diferenciada según el tipo de cultivo, para elevarse considerablemente en las regiones de las costas centro (37.4) y norte de Sinaloa (34.3). En las zonas meloneras de Huetamo (48.2), costa de Nayarit (36.2) y en el Valle de Vizcaíno en Baja California Sur (30.4).[24] Del total de los jornaleros migrantes estimados, aproximadamente 40% es menor de 14 años y la mitad de ellos cuenta con menos de seis años (Sánchez Muñohierro, 2002, p. 6; Velasco; 2001).

     Esta población infantil migra junto con las familias y desde muy pequeños se ven en la necesidad de incorporarse directa e indirectamente a las redes del trabajo infantil, en detrimento de sus oportunidades educativas y en general de sus posibilidades de desarrollo y el ejercicio de sus derechos. Se entiende la noción de trabajo infantil como “Las actividades (u ocupaciones) que realizan los niños y las niñas menores de 14 años, para terceras personas, empleadores o clientes, en calidad de subordinados, con el objetivo de obtener un ingreso en dinero o especie, que les permita cubrir las necesidades vitales de ellos mismos o de sus familias, en oposición al goce de sus derechos” (Brizzio, 2002). Marcela Ramírez, señala:

Se parte de reconocer que los niños y las niñas migrantes son trabajadores. En sus comunidades de origen se incorporan a las actividades del campo, de pastoreo o del hogar (aseo, cuidado de los hermanos menores, preparar y llevar alimentos a los adultos). En los campos agrícolas, a las tareas domésticas se suman las actividades del proceso de producción agrícola a gran escala: cortar y amarrar el producto, desyerbar la tierra, tender varas y cubrir con plástico la siembra, entre otras [...] Los niños jornaleros, al igual que sus padres, se ven obligados a trabajar bajo condiciones climatológicas extremas y en ambientes insalubres, pasando del frío de la madrugada al sol candente del medio día. Soportan fumigaciones a cielo abierto, que se practican en muchas ocasiones al mismo tiempo que realizan su tra-bajo [Ramírez, 2001, p. 62].

     Del total de los niños y las niñas encuestadas inscritos en el PRONIM casi 50 por ciento son menores trabajadores asalariados y 45.9 por ciento no trabaja, mientras que 4.6 por ciento no contestó a la pregunta formulada.

     En sus lugares de origen esta población infantil se dedica a ayudar en la producción de alimentos y en las actividades cotidianas para la reproducción familiar.[25] En el caso de los niños limpian, desgranan y cosechan maíz, fríjol y diversos productos para el autoconsumo, y apoyan en el cuidado y pastoreo de animales domésticos. Las niñas ayudan a preparar la masa del maíz, muelen el nixtamal, ayudan a echar tortillas y a hacer comida, cuidan y alimentan animales, separan y desgranan maíz, y en algunos grupos indígenas se instruyen en el manejo del telar de cintura, saben tejer la palma verde para elaborar sombreros o aprenden a elaborar artesanías con diversos productos (Pacheco y González, 2002, p. 3).

     En sus comunidades los niños y las niñas participan y realizan diversas actividades y tareas como parte de su propio proceso de socialización:

Se enseñan mientras siguen a sus mayores en la jornada diaria, donde des-cubren el valor del trabajo como acción solidaria y colectiva, que es aprender mediante la acción a resolver y a participar en las labores y necesidades locales [...] La experiencia comunitaria demuestra que saber es hacer y de esa manera los aprendizajes adquieren para el infante y su comunidad un valor concreto, representan una herencia, un don, que le dan sentido y atributo [Gómez, 1997, p. 79].

     Estas formas de socialización dan como resultado la adquisición y el uso diferente de un conjunto de destrezas y habilidades cognitivas, las cuales son altamente valoradas, bajo criterios y valores implícitos en el contexto sociocultural de las niñas y los niños, y como parte de las prácticas sociales hegemónicas en un determinado grupo social y de su cultura.

     Dadas las precarias condiciones de vida y la creciente oferta de mano de obra barata del capital agrícola, estos niños se ven en la necesidad de insertarse en los patrones de migración pendular o golondrina (o en algunos casos a establecerse con sus familias en las zonas de atracción) y en las redes del trabajo infantil.

     Existe, obviamente, una diferencia sustancial en ambas formas de participación en el trabajo de los niños. Son totalmente distintas las formas de trabajo colectivo y solidario que realizan en sus comunidades de origen, donde las niñas y los niños realizan actividades como parte o “ayuda” a la subsistencia y la reproducción de la vida económica familiar y comunitaria, a la forma de incorporación de los menores en el trabajo propiamente asalariado.

     En el trabajo asalariado están expuestos a las más violentas formas de explotación y a la comercialización de su escasa fuerza física, incluso poniendo en riesgo su integridad física y donde no sólo se les enajena la conciencia, sino toda posibilidad de proyecto de un futuro valioso. Por lo general las niñas y los niños menores desconocen el monto de su salario, ya que los que cobran son los jefes de familia o el adulto registrado en la “lista”.

     En el mercado de trabajo agrícola, las niñas y los niños no son considerados propiamente como jornaleros o asalariados, ya que no media una relación contractual entre los menores y los empleadores. Aunque los mayordomos y capataces reconocen que los menores alcanzan el mismo nivel de productividad que los adultos, incluso que la mano de obra infantil es altamente rentable para la realización de algunas actividades agrícolas, amén de que la mano de obra infantil es más barata y susceptible a un mayor control.[26] La mano de obra infantil, se convierte por tanto, en mano de obra privilegiada para ciertos tipos de cultivos (como es el caso de la producción tabacalera y algunos de los productos hortícolas y frutícolas). A decir de un mayordomo:

Los niños son muy buenos para el desahije, el desbrote y el deshoje, por-que pueden ir casi sentados haciendo el trabajo, y el señor grande rinde menos porque se cansa más, porque tiene que doblar todo su cuerpo [...] pero los niños son hábiles, para todo rinden, igual que un adulto. Los niños están nuevos, la persona mayor es más seria para trabajar, el niño juega más, pero se le encarga a los papás para que lo cuiden en el trabajo, pero hay niños muy responsables que no lo necesitan [Sánchez citado por López, 2002, p. 11].

     Adicionalmente en las zonas de atracción los menores realizan actividades domésticas para el mantenimiento y la reproducción de la mano de obra familiar; preparan alimentos, limpian los “cuartos” asignados en los campamentos o galeras, y generalmente son los responsables del cuidado de los hermanos trabajo disimulado que se constituyen en una forma para reproducir y reducir los costos del mantenimiento de la mano de obra agrícola. Como parte de las conclusiones de la Mesa para el Análisis sobre el Trabajo Infantil del Foro Invisibilidad y Conciencia: Migración Interna de Niñas y Niños Jornaleros Agrícolas en México, organizado por la UAM-X en 2002, se enfatizó que:

La incorporación directa e indirecta de los niños migrantes a relaciones asalariadas requiere ser abordada desde una doble perspectiva de los ámbitos de la oferta y la demanda de mano de obra infantil. En este sentido, las causas que originan la presencia de trabajo infantil en campos agrícolas no sólo están directamente relacionadas con las necesidades económicas y de supervivencia de las familias jornaleras, sino también a las estrategias productivas y de administración laboral de los empleadores que han hecho uso extensivo de esta mano de obra. De ahí que es importante diferenciar la doble función del trabajo infantil: por un lado, su función inmediata como ingreso directo para las familias; por otro lado, su función para el capital en tanto cubre una parte no pagada al trabajo del obrero, que lleva a la sobreexplotación y la depresión salarial. Consecuencia de esto es la perpetuación de la pobreza ya que la remuneración del trabajo infantil da paso a la desvalorización del trabajo adulto [Sánchez y Macchia, 2002, pp. 2-3].

     Las estrategias de superexplotación o doble explotación de la fuerza de trabajo infantil por parte de las empresas se soportan sobre la participación directa e indirecta de los niños en el mercado del trabajo agrícola. En su forma de participación directa, en las zonas de atracción tienen que realizar actividades para la preparación y desyerbo del suelo de los cultivos agrícolas, corte, recolección y acarreo de hortalizas, frutas, café, caña y tabaco, y en menor medida, para el empaque de los productos agrícolas.

     Las niñas y los niños trabajan durante los seis días de la semana. Al igual que los adultos, si la demanda productiva lo requiere se ocupan hasta el día domingo, laborando jornadas mínimas de ocho horas, por lo que perciben un salario raquítico. Para 2004, el monto de este salario se estimó en un promedio nacional de 387 pesos semanales, lo cual implica menos de 65 pesos por jornada de trabajo.[27] Según denuncias de la Confederación Nacional Campesina (CNC), se identifican campos agrícolas o fincas donde los menores llegan a percibir un poco más de 20 pesos por jornada de trabajo. Con estas percepciones las niñas y los niños contribuyen con 30 por ciento del precario ingreso familiar, sin que ellos perciban directamente sus remuneraciones, ya que en la gran mayoría de casos, éste es pagado al jefe de familia (El Universal, 15 de noviembre de 2004).

     Lo anterior no significa que los padres de familia, así como las niñas y los niños trabajadores, no estén concientes de la explotación de la que son objeto, o que desconozcan las vejaciones de las que son objeto sus hijos, las carencias y privaciones que los menores tienen; vejaciones y privaciones que no quieren que sus hijos sufran. Un padre de familia en Veracruz comentaba: “hemos agarrado experiencia de nuestros padres y abuelos, ellos no pudieron darnos estudio, viene entonces la ignorancia, el no saber leer, nosotros como no tenemos estudio sólo podemos ser jornaleros o ayudantes de albañil y no queremos que nuestros hijos caigan en el mismo error” (Rodríguez y Rojas, 1997).

     Y es en esta conciencia, donde la escuela es valorizada, y empieza a tener un lugar dentro de las expectativas de las familias migrantes como una estrategia de defensa para que los hijos no sean como los padres, para que puedan conseguir un mejor trabajo. Al preguntarle a un padre de familia si para él era importante que sus hijos estudiaran, nos respondió:

[...] es importante porque si no saben leer es como el que no ve. Por ejem-plo, si anda uno en la ciudad, ellos deben de saber leer. El que no sabe leer se pierde. Puede ser que por allí ande preguntando. Una persona que sepa leer sabe adónde va. Es muy importante que los niños aprendan las cuentas para que nadie lo engañe, a través de la lectura pueden desempeñar algo, pueden defenderse. Pero aquel que no sabe nada ni trabajo halla [albergue La Esperanza, Veracruz, Rodríguez y Rojas, 1997].

     En la escuela se deposita la posibilidad de no repetir su historia de vida: “para que no se golpeen tanto como uno”, por el contrario, que sus hijos “aprendan a hablar español”; “aprendan a escribir su nombre”; “a leer para que no se pierdan”; o que aprendan a “hacer cuentas para que no los hagan tontos con los baldes de jitomate”. Sin embargo, el cumplimiento de estos deseos se les niega por la falta de condiciones de vida, ya que niñas y niños tienen que trabajar y crecer en los inmensos campos agrícolas, entre los sembradíos de jitomate, uva, café, caña o tabaco: “El niño se forma hasta el punto de ser un peón física y espiritualmente apto para desempeñar labores diversas en el mercado de trabajo. Al final del largo proceso de maltrato físico quedan criaturas casi irreconocibles, pequeños, enjutos, deformes, desde jóvenes sus caras llenas de surcos originados por las privaciones y el dolor” (Molina y Gutiérrez, 2006, p. 1).

     Pero ¿qué explica estos bolsones de marginación y desigualdad profunda en una sociedad como la nuestra? Las causas que explican las condiciones de marginación y la desigualdad social que viven las familias jornaleras migrantes son económicas, políticas y sociales, y tienen que ver con la estructura y los mecanismos de exclusión que se han conformado en nuestra sociedad a lo largo de la historia. La pobreza no tiene una sola causa ni un solo rostro, sus causas y su naturaleza son multidimensionales, y sus expresiones todavía más variadas (Padilla, 2001; Gendreau, 2001; Román y Aguirre, 2001).

     La marginación y la exclusión en la que viven las familias jornaleras junto con sus hijos, se encuentran incrustadas en un círculo perverso que pareciera imposible de romper, y que por el contrario, día a día se reproduce y refuerza con mayor violencia y severidad, manteniendo a miles de jornaleros migrantes (hombres, mujeres y niños) en la explotación y en la miseria. Círculo de pobreza donde los grandes ausentes son el derecho jurídico, la ética, la justicia y todo principio de civilidad, y en donde lo que predomina es el avasallamiento de la dignidad humana en beneficio de los intereses del capital agrícola auspiciados por la incapacidad y la insuficiencia de acciones de los aparatos gubernamentales (federal y estatales) y por la indiferencia de una sociedad no informada con dificultades para asumir una corresponsabilidad social y para ejercer una conciencia política capaz de exigir el cumplimiento de los derechos humanos fundamentales (Schmelkes, 2002).

A manera de reflexiones finales

La propia lógica del modelo económico y los condicionamientos de la estructura social generan y reproducen la miseria y la precariedad, al mismo tiempo que mellan los esfuerzos del Estado por mejorar las condiciones de vida de los jornaleros migrantes. Se han instrumentado programas sectoriales para garantizarles mayores niveles de bienestar (salud, trabajo, educación, entre otros). Sin embargo, la desigualdad económica y social en la que se encuentran exige la intensificación y la continuidad de programas integrados (intersectoriales e interregionales), a fin de intervenir de una manera más articulada sobre las causas y los efectos que conlleva esta desigualdad (OCDE, 1998; Torres y Tenti, 2000; Román y Aguirre, 2001).

     El desafío es grande y todavía mayores los recursos financieros que se requieren para instrumentar programas de desarrollo económico y social que realmente beneficien a las familias jornaleras migrantes, y que faciliten el acceso de esta población al derecho que tienen de solventar sus necesidades esenciales, ya que esto no sólo significa la instrumentación de programas focalizados “de segunda” para unos ciudadanos “de segunda”, que poco han favorecido la modificación de sus expectativas y condiciones de vida. Se requiere una verdadera política social, sustentada en los principios de la justicia redistributiva y de discriminación positiva, con un sustantivo financiamiento público que pueda constituirse en una real inversión en servicios sociales (alimentación, salud, educación y vivienda) y para la obtención de recursos productivos (tierra, empleo, capacitación para el trabajo, entre otros). La pobreza no se resuelve atendiendo sólo necesidades inmediatas de consumo. El problema de la pobreza es un fenómeno esencialmente productivo y social (Román y Aguirre, 2001).

     Asimismo, se requiere un mayor control y vigilancia por parte del Estado en el cumplimiento de las legislaciones y prescripciones jurídicas laborales, de seguridad y protección social particularmente para los infantes, y para el ejercicio de sus derechos políticos.

     Pero la responsabilidad no sólo es el Estado, se requiere de una eficaz participación del sector privado. A mayor grado de responsabilidad social de los empresarios agrícolas se observa un impacto más favorable en la calidad de vida de las familias jornaleras migrante (Cos-Montiel, 2001). La responsabilidad social de los productores parte de manera inicial en la adquisición de una mayor conciencia, pero consiste fundamentalmente en la instrumentación de estrategias para ofrecer condiciones de vida digna para las familias durante los periodos de estancia en los campos agrícolas. También implica el cumplimiento efectivo de la legislación laboral vigente (prohibición al trabajo a menores de 12 años, protección al trabajo a los menores de 16 años, cumplimiento de la jornada máxima de ocho horas, respeto al salario mínimo, pago de sueldos iguales a trabajo igual, pago de tiempo extra, apoyo de vivienda digna para sus trabajadores, entre otras disposiciones laborales), lo cual debería respetarse no de manera discrecional por parte de los empresarios, sino como obligaciones irrevocables en el marco de la estricta observancia de los derechos de los jornaleros migrantes.

     Existe, sin lugar a duda, responsabilidad por parte de la propia población jornalera migrante que requiere de mayores formas de organización y participación política, así como medios para expresar su malestar y desplegar mecanismos de presión social y política. Norberto Bobbio distingue a los ciudadanos en activos y pasivos, y señala que “en general los gobernantes prefieren a los segundos porque es más fácil tener controlados a súbditos dóciles e indiferentes, pero la democracia necesita de los primeros [...] si debiesen prevalecer los ciudadanos pasivos, con mucho gusto los gobernantes convertirían a sus súbditos en un rebaño de ovejas dedicadas únicamente a comer el pasto una al lado de la otra (y a no lamentarse aun cuando el pasto escaseara) [Bobbio, 2000, p. 39].

     Las familias jornaleras, al igual que carecen de los satisfactores básicos, están excluidas del acceso a la información y de la cultura política. En general, no conocen qué programas sociales existen, en qué los benefician y cómo ac-ceder a ellos; no saben adónde llevar a sus hijos cuando se enferman o cómo gestionar un trámite escolar; es decir, no se saben sujetos de derechos. Mucho menos conocen las formas para hacerlos valer ante sus empleadores y ante las instancias gubernamentales responsables de vigilar el respeto a estos derechos. Por otra parte, a pesar de que en sus lugares de asentamiento (temporal o definitivo) se ven en la necesidad de generar nuevos mecanismos organizativos diferentes de los utilizados en las formas de organización tradicional de sus comunidades de origen, para poder sobrevivir en condiciones más favorables, es aún exigua la participación de jornaleros migrantes en asociaciones oficiales, así como transitoria y muy inestable la constitución de agrupaciones políticas y sindicales alternativas (Rubio et al., 2000).

     Esta población demanda ser informada, pero también se necesitan mayores niveles de participación y responsabilidad por parte de la propia población. Para ello requieren adquirir competencias que les permitan defenderse y poder participar en la transformación de sus condiciones de vida, para de esta forma transmitirles a las niñas y los niños modelos de actuación no pasiva, de tal manera de que por lo menos los hijos de estas familias puedan contar con herramientas para ayudar a romper el círculo de la pobreza y con ello tener la oportunidad de un futuro mejor. Es aquí donde la educación escolar adquiere especial relevancia, ya que no sólo la escuela, en el nivel básico, debería de proporcionar el conocimiento de competencias como la escritura, la lectura o el razonamiento lógico-matemático, sino que además debería de permitir la adquisición de las competencias necesarias para el ejercicio pleno de la ciudadanía y potenciar la participación productiva a fin de contribuir en la modificación de las condiciones en las que se vive, y en aras de avanzas a sociedades más justas, incluyentes y democráticas.

 

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Universidad Pedagógica Nacional (2005). Resultados de la Evaluación Externa del Pro-grama Educación Primaria para Niñas y Niños Migrantes. Teresa Rojas (coord.). UPN-SEByN. Marzo 2005, México.


[1] La presente investigación fue presentada en la III Conferencia de la Red Latinoamericana y del Caribe de Childwatch International, 17 al 19 de julio, 2006.

[2]Gendreau, Mónica (2001). “Tres dimensiones de la geografía de la pobreza”, en Los rostros de la pobreza. El debate. Luis Rigoberto Gallardo Gómez y Joaquín Osorio Goicoechea (Coords.), Universidad Iberoamericana - Editorial Limusa S. A. De C. V.- Grupo Noriega Editores, Tomo II, México. 

[3] Según datos de la Unión Nacional de Productores de Hortalizas (UNPH), en 1971 el área hortí-cola alcanzó 288,000 hectáreas y la producción ascendió a 2.9 millones de toneladas. Diez años más tarde la superficie había ascendido a 469,000 hectáreas y la producción se había incremen-tado a 5.8 millones de toneladas. Para la temporada agrícola 1989-1990, la superficie nacional destinada a las hortalizas se incrementó hasta 700,000 hectáreas, es decir, 3.5 por ciento de la superficie nacional, y la producción ascendió a 8.5 millones de toneladas, que representaron el 16.6 por ciento del valor agrícola nacional”. Sara Lara y Hubert Cartón de Grammont (Coords.). (1996). Neoliberalismo y organización social en el campo mexicano. Plaza y Valdez. México. P. 79. 

[4] Veasé a de Grammont, c. Hubert, et. al. (1999). Agricultura de exportación en tiempos de globalización. El caso de las hortalizas, frutas y flores. CIESTAAM-IIS-CIESAS. México.

[5] El número de jornaleros y peones agrícolas en México se incremento en un 23.97 por ciento pasando de 2.03 millones en 1991 a 2.5 millones en 1999. Véase a SEDESOL. (2001). Jornaleros Agrícolas. Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (Paja). México, p. 26.  

[6] Según reportes del Instituto Nacional Indígenista (INI) los grupos indígenas cuyos miembros migran con mayor frecuencia son (de mayor a menor porcentaje): zapotecas de Oaxaca; mixte-cos de Guerrero, Oaxaca y Puebla; mazatecos de Oaxaca; otomíes de Hidalgo, Estado de Méxi-co, Querétaro, Puebla y Veracruz; nahuas de Guerrero, Hidalgo, Estado de México, Veracruz y San Luis Potosí; chinantecos de Oaxaca; totanacas de Veracruz; kanjobales en Chiapas; maza-huas del Estado de México; choles de Chiapas; purépechas de Michoacán; mayas de Campeche, Quintana Roo y Yucatán; y mixes de Oaxaca. Para el año 1995 estos grupos étnicos representa-ron el 84.67% de los migrantes indígenas en todo el país. Miguel Rubio A. y et al. La migración indígena en México. Estado del desarrollo económico y social de los pueblos indígenas de México. INI–PNUD, México, 2000, p. 24 y 25.  

[7] De acuerdo con las características del mercado de trabajo agrícola en el país el Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (PAJA) de la SEDESOL, distingue tres tipos de entidades federa-tivas: “Las entidades de atracción o receptoras -Sinaloa, Sonora, Baja California, Baja California Sur, Tamaulipas y Nuevo León- y la región de la Comarca Lagunera (parte de Chihuahua, Du-rango y Coahuila) y se caracterizan por contar con un sector agropecuario moderno y exporta-dor, el cual requiere jornaleros por periodos que van de cuatro a los seis meses, particularmente en la temporada agrícola de cosecha. Los Estados intermedios, -Chiapas, Chihuahua, Colima, Durango, Guanajuato, Hidalgo, Jalisco, Michoacán, Morelos, Nayarit, Puebla, San Luis Potosí, Tabasco y Veracruz-, y están constituidos por mercados regionales de trabajo donde coexisten zonas de atracción y zonas de expulsión. Finalmente, Guerrero y Oaxaca (estados expulsores u de origen), que tienen un sector agropecuario tradicional de subsistencia, son las principales proveedoras de mano de obra jornalera”., Véase Jornaleros Agrícolas. Sedesol, Secretaría de Desarrollo Social, Subsecretaría de Desarrollo Regional, México, 2001, p.5 y 6.  

[8] Los monolingües son los hablantes de una lengua indígena mientras que los bilingües son los que adicional a su lengua materna hablan el español. 

[9] Veasé a Guerra, Ochoa M. Teresa (1998). Los trabajadores de la horticultura Sinaloense. Universidad Autónoma de Sinaloa. México.  

[10] Datos de Programa Nacional de Jornaleros Agrícolas (PRONJAG) de la Secretaria de Desarrollo Social (SEDESOL), México, 2001, p. 33. 

[11] Se puede consultar a Ramiro Sepúlveda Arrollo (2001). “los excluidos sociales del campo” en Revista de la Procuraduría Agraria. Estudios agrarios.Año 7, Núm. 17. Nueva ëpoca, México.  

[12] Esta comunicación se formula recuperando un apartado de la Tesis de Maestría La equidad en la Educación primaria de la población jornalera migrante en México. Universidad Autónoma Metropolitana-X. México. 2005  

[13] En los estados donde predomina la producción de frutas y hortalizas, como es el caso de Baja California, Baja California Sur, Sinaloa y Sonora se observa una mayor participación de las muje-res y los niños. A diferencia de los estados intermedios donde se combina este tipo de produc-ción con la industrial, se demanda mayor resistencia física, como Colima, Jalisco, Nayarit, Morelos, San Luís Potosí, y en algunas zonas de Veracruz con producción cañera donde los niños varones se incorporan a edades más avanzadas (nueve o 10 años). En otras zonas, como las tabacaleras de Nayarit, resalta la participación de las niñas en la producción agrícola. Para este último dato véase Patricia Díaz Romo y Samuel Salinas Álvarez, (2001), Plaguicidas, tabaco y salud: el caso de los jornaleros huicholes, jornaleros mestizos y ejidatarios en Nayarit, México, Proyecto Huicholes y Plaguicidas, México.  

[14] Véase datos proporcionados por Beatriz Corrales y Antonio Corrales (2000). Los hijos y las hijas de jornaleros agrícolas en Sinaloa. Diagnóstico sobre el trabajo infantil y su contexto. Gobierno del estado de Sinaloa., Secretaría de Planeación y Desarrollo, México. 

[15] Cuarto Informe de Gobierno, edición electrónica. Consulta realizada el 10 de mayo de 2005. htpp://cuarto.informe.presidencia.gob.mx/index.php  

[16] Cfr. María Isabel Ortega Vélez, Las rutas de la desnutrición: el caso de los niños jornaleros agrícolas migrantes en el noroeste de México, Centro de Investigación en Alimentación y Desa-rrollo A. C, edición electrónica. Consulta realizada el 4 de mayo de 2005. http://www.ciad.org/otros temas/migrantes/ninomigrant.htm  

[17] Mercedes López Limón cita los resultados de una encuesta aplicada por SEDESOL-UNICEF en el Valle de San Quintín, Baja California, y señala que “Los niños, entre los pocos meses y los seis años están separados de sus madres por 10 o 12 horas diarias, quedando al cuidado de una hermana(o) mayor o quedan al cuidado de otras mujeres del campamento a quienes se paga a veces hasta la mitad del salario de la jornalera (no hay guarderías suficientes) o se quedan en-cerrados en la casa, lo que causa accidentes y muertes infantiles”. Véase Mercedes López Limón (2002), “Trabajo infantil y migración en el Valle de San Quintín, Baja California”, Foro Invisibili-zación y Conciencia: Migración Interna de Niñas y Niños Jornaleros Migrantes en México, UAM-X, México, p. 5. 

[18] Según encuesta aplicada por el PRONJAG de la SEDESOL, en 1998-1999, a 128 084 jornaleros migrantes, se identificó que “34.49% de los niños mestizos no contaba con cartilla de vacuna-ción; en tanto que 43.38% de los menores indígenas también carecía de este documento. Por lo anterior se deduce que estos pequeños no son vacunados”. Véase Lourdes Sánchez Muñohierro (2002), “Programa para contribuir al ejercicio de los derechos de niñas y niños, hijos de jornale-ros agrícolas, y desalentar el trabajo infantil (proceder)”, Foro Invisibilización y Conciencia: Mi-gración Interna de Niñas y Niños Jornaleros Migrantes en México, UAM-X. México, p. 6.  

[19] Los datos que se ofrecen se construyen a partir de la información obtenida durante el periodo 2003-2004 de la Evaluación nacional externa del Programa Educación Primaria para Niñas y Niños Migrantes (PRONIM) coordinada por la Secretaría de Educación Pública. Específicamente se recuperan los resultados del instrumento aplicado a docentes para recopilar información sobre las características y a niños inscritos en el PRONIM en 11 de las 15 entidades con cobertura del programa. Por otra parte se recuperan los resultados de una encuesta directa aplicada a 527 niños y niñas. UPN. (2004). Resultados finales de la evaluación externa del Programa Educación Primaria para Niñas y Niños Migrantes (Ejercicio Fiscal 2003). UPN-SEByN. Documento interno. México.  

[20] Este último porcentaje se estima que es mucho menor, ya que en él se han considerado todos los casos de niñas y niños restantes que no se reconocieron como perteneciente a un determinado grupo étnico. Por otra parte es importante señalar que las niñas y los niños tienden a negar su origen étnico y que con mucha frecuencia son hablantes de lengua indígena. 

[21] Rojas, Rangel Teresa (2005). La equidad en la Educación primaria de la población infantil jornalera migrante en Mëxico. Op. Cit. ps. 113-116.  

[22] César Manzanos Bilbao (2002), “La infancia migrante explotada: mercantilización y utilización política”, Foro Invisibilización y Conciencia: Migración Interna de Niñas y Niños Jornaleros Mi-grantes en México, UAM-X, México, p. 3.  

[23] Este índice se construyó tomando en cuenta el número de niñas y niños entre seis y 14 años dividido entre el total de trabajadores adultos de 15 años o más. Véase SEDESOL, Jornaleros Agrí-colas, op. cit., p. 32.  

[24] Véase SEDESOL (2001), Jornaleros Agrícolas, Secretaría de Desarrollo Social, Subsecretaría de Desarrollo Regional, México, p. 32.  

[25] Véase a Virginia G. Reyes de la Cruz y Claudia Izúcar (2005). La niñez jornalera. Educación y trabajo. CONACYT- UABJO. México. Adicionalmente a M. De Lourdes Domínguez Lozano (2002). ”Infancia vulnerable: el caso de los niños jornaleros agrícolas migrantes de la Montaña de Gue-rrero”en Foro Invisibilidad y conciencia: Migración interna de niñas y niños jornaleros migrantes en México, UAM-X, México.  

[26] Se han identificado empleadores en las zonas de atracción que presionan a las madres de familia para que los menores se incorporen al trabajo. En investigación realizada en San Quintín, en Baja California, se describe una de las formas de presión de los empleadores sobre las fami-lias para incorporar a los menores al trabajo asalariado: “[...] se sabe de casos que cuando las madres son jefes de familia obligan a sus hijos a trabajar, pues para adquirir y mantener el de-recho a habitar un campamento se requiere que al menos un familiar del trabajador labore tam-bién en el campo agrícola, de ahí que en ese tipo de hogares haya más presión sobre los niños para incorporarse al trabajo”. Véase Mercedes López Limón (2002), “Trabajo infantil y migración en el Valle de San Quintín, Baja California”, op, cit., p. 8.  

[27] Este dato fue obtenido a partir de los Resultados de la Evaluación Externa del Programa Edu-cación Primaria para Niñas y Niños Migrantes, Teresa Rojas (Coord.), Universidad Pedagógica Nacional (UPN)-Subsecretaría de Educación Básica y Normal, México, 2004.  

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Comentarios

Excelente trabajo, mis felicitaciones Teresa Rojas Rangel por tan preciso documento.

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es posible visitar las escuelas y compartir con los niños?

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Felicitaciones a los que posibilitan estos espacios de reflexión y análisis. A Teresa Rojas Rangel por no claudicar en esta ardua tarea de visibilizar lo que otros hacen invisible.

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MUCHAS GRACIAS POR LA INFORMACION, HE DE RECONOCER EL TRABAJO QUE ME HA RESUELTO FAVORABLEMENTE Y CONFIO EN QUE PRONTO ESTAREMOS NUEVAMENTE CONSULTADO ESTE NAVEGADOR, QUE ME HA FACILITADO MUCHAS COSAS EN EL TRABAJO PROFESIONAL.

LES  SALUDO CORDIALMENTE DE MORELIA, MICHOACAN., MEXICO.

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